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Socialismo o barbarie LA LECCIÓN DE UN MAESTRO
Daniel C. Bilbao
"Si yo prefiero los gatos a los perros es porque no hay gatos polícias."
(Jean Cocteau)
En el cerebro humano se aloja la inteligencia, poderoso instrumento. La inteligencia es en cierta manera un privilegio pero tiene sus deberes. Aún así, resulta poca cosa si no va unida a determinadas virtudes que tienen que ver con la pasión. En el cerebro de un maestro la inteligencia es un instrumento con graves responsabilidades sociales, que atiza cada día el fuego donde se consume lentamente la ignorancia. Por eso el policía, brutal e ignorante, le apuntó a la cabeza. Estallaron los huesos del cráneo. Se estremeció la inteligencia. Carlos Fuentealba mataba diariamente a la ignorancia, pero en Argentina, los policías, para que la ignorancia persista, matan a los maestros.
En una ruta del Neuquén, tierra asolada por vientos y ejércitos genocidas, el maestro nos dio su última lección. El gobernador, igual que aquel presidente que envió al coronel Varela a poner orden en la Patagonia rebelde, ordenó: «Vaya y cumpla con su deber». La policía, institución asesina al servicio de los que mandan, cumplió con el objeto para el cual fue creada: reprimir y asesinar a los que disienten con el sistema, a los que reclamen, dejando bien en claro que la libertad de expresión existe sólo si no se abre la boca contra los poderosos; que la democracia existe pero que a nadie se le ocurra ejercerla.
Fuentealba estaba enseñando cuando en la ruta cortada reclamaba por los derechos a la educación y a un salario digno. La represión no pudo con él. Cuando llegó la muerte a llevárselo, no lo halló, se había ido a las banderas, a los paredones de su pueblo, a los piquetes, a los puentes cortados por la furia. Y allí sigue, interrogándonos ahora. ¿Qué haremos? ¿Aceptaremos las explicaciones de los asesinos y sus responsables políticos e ideológicos? ¿Autorizaremos a los traidores sindicales e infiltrados a que se rasguen las vestiduras durantes sus discursos cargados de hipocresía?
La práctica es el único criterio de verdad. Los asesinatos de luchadores del campo popular son el criterio de verdad que comprueba que la policía es una fuerza asesina al servicio del poder. ¿O acaso resulta insuficiente la inmensa, interminable lista de trabajadores asesinados por todas las dictaduras y todos los gobiernos civiles a lo largo de nuestra vida como nación? Pero todo depende de nosotros. Galileo Galilei decía que «hay dos mentes políticas: una apta para crear fábulas y otra dispuesta a creerlas». Es posible conjeturar, entonces, que manda el que puede crear fábulas que lo lleven al poder, pero la suerte de los que
mandan dependerá de cuántos decidan creerles y obedecer. Y si nos engañan, la primera vez será culpa de los fabuladores, pero si nos engañan por segunda vez ya será culpa nuestra.
Lo que nos han prometido en esta nueva etapa es «capitalismo nacional», otra fábula para sostener desde el Gobierno los viejos mitos. Pero está probado que la fábula no se sostiene sin la represión, porque no hay capitalismo sin hambre, sin exclusión, sin injusticias. La protesta social siempre tendrá delante suyo a los esbirros de las clases dominantes. Si la fábula persiste como relato de nuestra sociedad, es porque hay millones que se la creen, que la sostienen con su voto, que entierran a sus maestros y admiten el derecho de vida y muerte sobre ellos de la institución policial.
El capitalismo es una lacra que produce hambre, guerras, exclusión, contaminación. Es el más claro sinónimo de la barbarie. No hay que temer enfrentarlo. Quizá, lo que nos parece un gigante nos obligue a observar la posición del sol -como pensaba el poeta alemán Novalis-, pues bien podría ser la sombra de un enano. En este atardecer del capitalismo, la sombra del Imperio es engañosa.
Fuentealba les soñaba el futuro a sus alumnos. Era un futuro libre de las cadenas de la ignorancia. No permitamos que los fabuladores y sus policías nos sueñen el futuro a nosotros, porque en él está la esclavitud de un sistema basado en la explotación humana y el lucro. Tengamos el coraje de soñar nuestra sociedad sin explotadores, pero realicémosla pronto, ante que la barbarie capitalista acabe con el planeta.
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